“ALAMBRADAS SUTILES”
En ocasiones anteriores María Teresa Cruz ha realizado varias exposiciones individuales mostrando sus profundas inquietudes artísticas y sociales a través de retratos autobiográficos, de propuestas espaciales que se remontan a su infancia, a experiencias noctámbulas plenas de lugares dramáticos, de ciudades desvencijadas y arañadas por el viento. Todo en líneas y colores que presentan, sin repetición, situaciones diferentes donde se plasma el transcurrir inexorable del tiempo.
Ahora, como antes, el hilo central de sus preocupaciones toca, nuevamente, el espíritu de nuestra época yendo al meollo de un tipo de sociedad enredada en sí misma. Esta idea básica la ilustra de forma variada, invitándonos, además, a buscar nuestro propio destino y nuestras propias raíces, así estén traspasados por el sufrimiento, el dolor y la desesperanza. Ello nos lleva a decir que María Teresa, como artista, revive en nosotros su propio proceso que oscila entre la permanencia de su idea central, el cambio y la necesidad de renovación figurativa, sobre todo, como un llamado a obtener la conciencia de quiénes somos, dónde estamos y qué podemos hacer. La coherencia interna de su camino nos hace pensar, desde su propia angustia, la desazón de sentirse encerrada en edificios, casas y lugares que vienen a ser “alambradas sutiles” o espacios visuales asfixiantes.
Franz Kafka escribió alguna vez: “Hay una meta, pero ningún camino; lo que llamamos camino es vacilación”. La incertidumbre que rodea al artista manifiesta el contraste entre su propia vitalidad, la estrechez de lo material y las limitaciones humanas que nos oprimen por doquier. El arte, en general, y en este caso el de María Teresa, nos quiere insinuar las inquietudes de su vida interior, pero que entran en pugna con una sociedad plagada de conflictos, violencias, laberintos, perplejidades, dudas y procesos sin fin, pero movidos por fuerzas implacables y ciegas que buscan víctimas y más víctimas.
Así la realidad parece volverse inexplicable e incomunicable. Paradójicamente, ahí está la fuerza creativa del artista en la medida en que muestra de manera vacilante y viva su propio recorrido y el de la sociedad a la que pertenece. En este sentido, como en el caso de María Teresa, es importante tener algo que decir y saber expresar lo que se requiere decir, como así lo lleva a cabo en los diferentes cuadros de esta exposición dirigida, entre otros motivos, a la crítica social por medio de formas concretas a vivir e interpretar como un cuestionamiento a nuestros inestables caminos.
Para describir el sufrimiento y las encrucijadas de una sociedad hay que estar inmerso en lo que Platón, a propósito de los artistas y poetas, llamaba el tercer grado de locura y de posesión de las Musas; dementes y nunca serenos, poseídos por la fuerza vital de Dionisos que los lanza al abismo de las angustias profundas, donde la predisposición divina los lleva a hacer bien lo que hay que hacer, a educar a los que han de venir, porque no es gracias –solamente– a una técnica por lo que son capaces de pintar así. Es la sensibilidad social la que lleva a María Teresa a la construcción de sus metas, como las abejas a las fuentes que hay en ciertos jardines insondables.
Por: NELSON DUQUE QUINTERO
(comentario sobre la serie «Contramuros»)