NO ME DEJES NUNCA

Era un día de octubre, la mañana iluminó la gran escalera suspendida en el patio, debajo, Amadeo cabizbajo aparece pensativo, mira distraídamente las rosadas baldosas. La mata de sábila asomada a la cortina Tiene una apariencia evocadora. Desde la ventana se veía emerger los bloques de enfrente recientemente  construidos. Nora se había marchado hacía ya un rato casi sin despedirse. El muro recién pintado parecía mirar su abandono con su presencia muda. La reja de la tienda permanecía cerrada. Un carro pasó veloz interrumpiendo el silencio del interior de la casa con un ruido metálico.

Amadeo tirado en el filo del sofá veía caer la tarde y vio a la luna que empezaba a elevarse por encima del  tejado de las casas vecinas. Ahora el muro tenía encima el bombillo del alumbrado público como un gran ojo amarillo de apariencia fantasmal que lo iluminaba. Las cuerdas de la energía tensionadas en el aire; movidas por el viento producían sonidos disímiles como el sonido de la puerta, ahora tan muda como el retrato de ella sobre la pared, como el dibujo de los dos, Nora y Julio, recostado en el sócalo de la habitación, como la vieja silla en la que solía sentarse para acariciarlo entre sus rodillas. Los bloques nuevos desde la distancia parecían mirar hacia la casa con sus ventanitas aletargadas.

Amadeo había dormitado mucho tiempo a la deriva de su suerte, aperezado alargó su elástico cuerpo y con su paso felino paseó por las habitaciones vacías. De pronto  atravesó el hueco del muro precipitándose a la calle. La escalera suspendida parecía desearle la mejor de las suertes, igualmente la mata del patio.

Yolanda la amiga de Nora dejó que entrara a su casa, permaneció fuera de ella observándolo. Mucho después avanzada la noche nuevamente entró al patio, debajo de la escalera se da a la espera de su ama.

Agosto 2015

María Teresa Cruz Restrepo